Conexión

París, 15 de agosto de 2026.

Con cada terremoto, las mismas imágenes. No hace falta comentarlas, todos las conocemos.

Con cada catástrofe, los mismos reflejos: la solidaridad que se organiza, las buenas voluntades que aparecen, una energía multiplicada por la desesperación o, mejor dicho, por la esperanza de salvar lo que todavía puede salvarse. Los ánimos a los rescatistas, los aplausos cuando una víctima sale con vida de entre los escombros. El trabajo con las manos desnudas. La urgencia absoluta.

Los médicos y todo el personal sanitario que encadenan turnos, operaciones, cuidados. Todo un ballet que se organiza en medio del caos.

Lo mejor, entonces. Pero también lo peor: el temor a los saqueos, las falsas solicitudes de donaciones, los intentos de sacar provecho de la tragedia, las críticas al gobierno de turno sobre lo que debería haber hecho, lo que hizo o lo que no hizo.

Y luego está la diáspora.

Después de las primeras horas dedicadas a contactar a los nuestros, a la familia, a los amigos, a todos los que queremos, queremos participar. Desde lejos, aportar nuestro granito de arena a la emergencia y, después, a la reconstrucción.

Yo no soy colombiana. Soy francesa. Pero mi familia es binacional. Y, como tantos colombianos que viven en el exterior, una vez que logramos saber que los nuestros estaban bien —algunos tardaron en responder por falta de electricidad, de señal o porque no podían cargar el celular— había que actuar.

¿Cuántas iniciativas surgirán en todo el mundo? Grandes, pequeñas, espontáneas, estructuradas. Con mayor o menor éxito.

«Los pequeños arroyos forman los grandes ríos», dice un refrán francés. Pero primero tienen que llegar al río.

A la mañana siguiente del terremoto, reactivé mis contactos y a los donantes habituales de la pequeña asociación que dirijo, AydenCo, por Ayuda en Colombia. Una asociación que, normalmente, financia algunos uniformes escolares en Soacha y Ciudad Bolívar, apoya una pequeña escuela en La Guajira o acompaña a un joven caleño que creció en hogares del ICBF y que está cursando estudios superiores.

Pequeñas acciones. Cantidades insignificantes comparadas con las de las grandes ONG. Pero que pueden contribuir a cambiar una vida.

Por mi experiencia en terreno y por mi formación universitaria en ayuda humanitaria, también sé hasta qué punto esta labor está llena de dificultades. Se puede querer ayudar y hacerlo mal. Recaudar dinero sin saber exactamente para qué. Comprar lo que nadie necesita. Enviar dinero al lugar equivocado. No verificar. La urgencia no elimina la necesidad de método.

Recaudar fondos, enviarlos por los canales adecuados, a las personas correctas, para necesidades claramente identificadas. Y después rendir cuentas a quienes donaron. Así se construye la confianza, indispensable para poder contar nuevamente con ellos mañana.

También hay que combatir los rumores y las informaciones falsas. El 11 de julio, por ejemplo, el HUV de Cali recordó que a la fecha no estaba solicitando ningún tipo de donación. En una catástrofe, la buena voluntad no basta. Hay que verificar, contrastar la información, saber a quién se entrega el dinero y para qué.

Desde Francia, la cadena de solidaridad se ha reactivado. Entre asociaciones, voluntarios, particulares. La emergencia exige actuar rápido, pero también con prudencia, claridad y profesionalismo.

No podemos sentir realmente el horror de quienes todavía respiran bajo los escombros, ni la angustia de quienes esperan noticias de un ser querido. Pero podemos ayudar a quienes los están buscando.

A esos rescatistas que trabajan con las manos desnudas, especialmente en los barrios más pobres, donde faltan pinzas, guantes, cascos y, a veces, hasta una simple aguapanela con limón para recuperar fuerzas.

En menos de 48 horas, mi pequeña asociación pudo financiar material y contribuir a hacerlo llegar a Colombia. Porque ya existían circuitos. Porque había personas que se conocían. Porque había contactos locales identificados.

En todo el mundo, cientos de miles de colombianos seguramente quieren ayudar. Que aporten su energía, sus contactos, sus redes, su capacidad para movilizar. Pero que se acerquen a quienes ya saben cómo hacerlo. Y, sobre todo, que no actúen únicamente con el corazón. Sino con el corazón y con la razón. Con método, conocimiento y sangre fría. Más allá de las distancias y de las fronteras, una mano que cava en Cali puede estar conectada con otra que dona desde París, Madrid, Montreal o Miami.

Un teléfono, una información verificada, una asociación, una donación que llega al lugar correcto.

Todas esas pequeñas cosas, juntas, forman una cadena.

Una cadena humana.

Una conexión.

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