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Las guerras no son para defender la democracia

Las guerras no son para defender la democracia

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Por Oliver Stone

Durante décadas he cargado con una verdad incómoda: las guerras no se hacen para defender la libertad ni la democracia. Ese es el mito que nos venden para justificar lo injustificable. Yo mismo crecí creyendo muchas de esas historias. Mi padre, un hombre conservador que trabajaba en Wall Street, me educó en un mundo donde la amenaza soviética era inminente, donde los comunistas estaban en todas partes y donde Estados Unidos era el faro moral del planeta. Incluso voté por Reagan. Pero la vida —el divorcio de mis padres, la desilusión, Vietnam— acabó destruyendo esas certezas.

Mis primeros años estuvieron marcados por una ruptura profunda. Yo era hijo único y el divorcio de mis padres abrió una grieta que me hizo ver que mucho de lo que había considerado estable era una mentira. Esa desilusión alimentó mi deseo de entender quién era yo. Abandoné Yale y me lancé al mundo con la ingenuidad fatalista de un muchacho de 19 años que buscaba respuestas. Ir a Vietnam como profesor fue mi primer golpe de realidad. Volver como soldado fue el segundo.

En Vietnam comprendí la dimensión real de la propaganda. Nos habían educado para creer que éramos los buenos, que combatíamos a una amenaza que venía a destruir nuestra forma de vida. Mentira tras mentira. Allí presencié cómo matamos a millones, muchos de ellos civiles, con un racismo profundamente arraigado y con la arrogancia tecnológica que caracterizaba a nuestra intervención. Vi lo peor de nosotros: la brutalidad sin remordimiento, la facilidad con la que dejamos de ver humanidad en quienes teníamos enfrente. Y cuando regresé a casa descubrí que Estados Unidos tampoco estaba dispuesto a enfrentar esa verdad. Nunca lo ha estado. Seguimos justificando intervenciones con las mismas frases huecas: defender la democracia, proteger nuestra libertad. Más mentiras. En realidad, lo que se sostiene es el complejo militar. La Guerra Fría, otro invento narrativo, sirvió para militarizar la sociedad y convertir el gasto bélico en el centro de nuestra economía. Ese monstruo creció y aún sigue vivo, alimentándose del miedo.

Regresar de Vietnam no me convirtió de inmediato en activista. Al volver solo quería escapar de aquella sombra. Pero el cine me encontró, y con él la posibilidad de transformar mi experiencia en imágenes. En la NYU, con profesores como Scorsese, entendí que la cámara podía convertirse en mis ojos. Mis guiones y mis películas nacen de esa intensidad: lo que viví, lo que vi, lo que me negaba a aceptar como inevitable. Platoon fue mi intento de mostrar la guerra sin maquillaje, sin las mentiras con las que crecimos. Mostrar que no había gloria, que no había honor, que había sangre, ruido, ignorancia y un país entero huyendo de la verdad. Y aun así, mientras la película se estrenaba, Estados Unidos volvía a bombardear civiles en Panamá y poco después en Irak. No aprendemos. No queremos aprender.

Ser honesto siempre me ha traído problemas, pero no sé vivir de otra forma. He hablado abiertamente de las drogas que consumí. La marihuana me ayudó a sobrevivir emocionalmente en Vietnam. Los psicodélicos ampliaron mi conciencia durante mis años jóvenes. La cocaína casi me destruyó en Hollywood. No me enorgullece, pero me enseñó algo sobre la hipocresía: mucha gente consume, casi nadie lo admite. Yo no voy a esconder quién fui.

Ser incómodo tiene un precio. En Hollywood, si hablas demasiado, te castigan. Mi padre solía advertirme de que mantener la boca cerrada te ahorra problemas, pero prefiero escribir mis libros, contar mi vida como fue, aceptar la parte fea de mis errores y mis aciertos. Ya publiqué mis memorias de los primeros cuarenta años y aún tengo otro libro por escribir sobre lo que vino después. La vida es demasiado breve para ocultarse.

He sido crítico con el sistema, pero no soy enemigo del capitalismo. Mi problema no es con el afán de lucro, sino con la codicia sin freno, con esos Gordon Gekko que destruyen por destruir. El capitalismo regulado puede funcionar; el capitalismo desatado devora. Y en Estados Unidos llevamos décadas sin regular nada que afecte al poder real.

Tampoco acepto esa frase cobarde que tantos repiten: “mi película no es política”. Todo lo que hacemos lo es. Avatar, por ejemplo, es una metáfora clarísima del imperialismo estadounidense, aunque su director prefiera suavizarlo para no espantar al público. Una película no es “solo una película”. Es una postura ante el mundo.

Nuestra cultura sigue atrapada en la gran mentira que empezó en Vietnam: la imposibilidad de mirarnos de frente. Hemos borrado de la memoria pública los millones de muertos en el Sudeste Asiático. Arrasamos Camboya. Provocamos un verdadero Holocausto, pero solo hablamos de los ajenos. El nuestro es demasiado incómodo. Y como nunca cerramos esa herida, seguimos repitiendo el patrón: Irak, Afganistán, Libia. Guerras que no son para defender la democracia. Guerras que enriquecen a unos pocos, que sostienen al monstruo que inventamos durante la Guerra Fría. Guerras alimentadas por la propaganda de siempre.

He pasado la vida intentando enfrentar esas mentiras en mis películas y en mis libros. Y seguiré haciéndolo mientras pueda.

*Entrevista publicada en El Diario de España, el 22 de noviembre de 2023. 

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