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El incesto en la familia Pelicot

El incesto en la familia Pelicot

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En el corazón de la Provenza francesa, en los alrededores del pequeño pueblo de Mazan, se levantaba una casa que, desde afuera, bien podría haber pertenecido a cualquier familia que uno ve pasear por los mercados dominicales, comprar pan en la boulangerie o charlar con los vecinos sobre el clima. La fachada perfectamente cuidada, los geranios en las ventanas y la figura de Dominique Pelicot caminando por el pueblo eran la imagen misma de la respetabilidad cotidiana: el prototipo de lo que muchos en Francia describirían, sin dudarlo, como “buenos franceses”.

Sin embargo, en esa tranquilidad aparente se escondía un horror silencioso que nadie habría sospechado. Dominique Pelicot, un hombre que saludaba con educación y parecía integrado en la vida comunitaria, convirtió su propio hogar en un escenario de dominación y terror. Durante casi una década, drogó a su esposa, Gisèle, y cuando ella yacía inconsciente en la cama que compartían, invitaba a otros hombres a agredirla mientras él filmaba cada acto. Esa violencia, revestida de domesticidad, se mantuvo velada entre cenas familiares, conversaciones sobre el tiempo y paseos por las plazas de los pueblos –hasta que la policía, al investigar un asunto menor, desenterró los archivos que documentaban el horror oculto.

La justicia francesa, tras un juicio que conmovió a todo el país, encontró a Dominique culpable de violación agravada, de producir y poseer material sexual de su esposa y de otros miembros de la familia. El 19 de diciembre de 2024 fue condenado a 20 años de prisión, la pena máxima prevista por la ley para este tipo de crímenes, en un veredicto que fue también un golpe contra la ilusión de normalidad que había rodeado a los Pelicot. Dominique aceptó la sentencia sin apelar, en parte para evitar que Gisèle, su exesposa, tuviera que revivir el trauma de otro juicio.

Pero la sentencia, por dura que fuera, solo puso palabras a lo que ya se sabía en la intimidad de esa familia fracturada. Más allá de la violencia directa vivida por Gisèle, el caso desveló un tejido de dominio que se filtró hacia los hijos y los nietos, marcando silenciosamente la vida de quienes nunca debieron ser parte de semejante tragedia. Fotos encontradas en dispositivos digitales mostraban a Caroline —la hija de Dominique y Gisèle— en situaciones de vulnerabilidad tomadas sin su consentimiento; conversaciones recogidas hablaban de la sexualización de niñas pequeñas; y varios nietos narraron destellos inquietantes: luces vistas por la noche, gestos que no deberían haber presenciado, juegos que se tornaban demasiado pesados para ser inocentes.

Caroline vivió una forma de infierno que pocas historias pueden abarcar. Angustiada por lo que descubrió sobre sí misma —y por lo que nadie parecía querer reconocer plenamente— publicó un libro antes de que el juicio concluyera. Quería nombrar lo innombrable, exponer la violencia que había marcado su vida. Pero ese acto fue recibido con tensión. Para su madre, Gisèle, fue doloroso sentir que su hija buscaba fama a costa de su propio sufrimiento. En un giro trágico de la narrativa familiar, esa percepción fue utilizada por la defensa para sembrar dudas: “Caroline no habla desde el dolor, habla desde la búsqueda de notoriedad”, decían, alimentando la distancia emocional entre madre e hija en el mismo momento en que ambas buscaban, de maneras diferentes, alguna forma de verdad y de justicia.

Gisèle, sin embargo, representó la dignidad en medio de lo impensable. A sus setenta y tantos años, no se escondió del mundo; al contrario, insistió en que el juicio fuera público porque sabía que su historia tenía un valor que iba más allá de su propio caso: era una forma de dar voz a quienes habían sido silenciados. Caroline, por su parte, encarnó el peso de una verdad que no siempre puede ser abrazada por quienes aman. Cada vez que la hija buscaba respuestas, la madre veía otra herida abierta, otra forma en que la intimidad familiar se exponía al escrutinio público.

El silencio, omnipresente, fue otro agresor más. No solo el silencio del acusado, negando, diluyendo su responsabilidad con frases huecas; también el pacto tácito de no decir, de no hablar de lo terrible. En la familia, todos “sabían cosas” que no se articulaban, signos que esperaban ser nombrados hasta que la justicia obligó a ponerlos en palabras. Ese silencio es la costura que mantiene unida la violencia: nadie quiere ser quien rompa el hechizo, hasta que algo —a veces por accidente, a veces por valentía— lo expone.

Aunque el tribunal no abordó todos los posibles abusos hacia hijos y nietos por razones de prueba, la presencia de testimonios inquietantes dejó claro que la violencia no se limitó a una sola historia. Fue un eco que resonó en cada rincón de la casa, en cada mirada esquiva, en cada gesto de miedo.

Este caso sacudió a Francia porque puso en tela de juicio una certeza cultural: la idea de que la violencia más extrema solo ocurre “en otras familias”, no en aquellas que vemos cada día en la plaza, que saludan al panadero o que celebran festivales locales. Los Pelicot eran esa familia: respetables, aparentemente normales, vestigios de una vida común bajo la cual se escondía un paisaje de dominación y dolor.

Gisèle Pelicot, al dar un paso al frente y permitir que su historia se conociera, se convirtió en un símbolo de resistencia contra el silencio impuesto, recordando que la violencia sexual no es un accidente individual ni una anomalía aberrante, sino una realidad que puede crecer en la sombra de lo familiar, de lo cotidiano, de lo aparentemente respetable. Y que, para quienes quedan —madres, hijas, nietos— la justicia no termina con una sentencia: es apenas la primera luz que permite nombrar aquello que durante tanto tiempo se mantuvo oculto, detrás de fachadas cuidadas y sonrisas tranquilas bajo el cielo despejado de la Provenza.

Bandalos.

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