Cauca, una historia sin fin
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París, 2 de mayo de 2026.
Hay noticias que ya no tienen nada de sorpresivas. Solo la repetición. Y quizá eso sea lo más escalofriante.
La violencia que sacude el suroccidente del país — treinta y cinco atentados al momento de escribir estas líneas, seguramente más cuando sean publicadas— se inscribe en un escenario casi esperado. Esos nombres de veredas, de municipios, de sectores, ya no los descubrimos, los reconocemos. A través de las imágenes de terror que han dejado grabadas en nuestra mente. Todos deploraramos esta violencia. Pero, en el fondo, la hemos integrado como una variable del contexto electoral.
He recorrido varias veces el Cauca a lo largo de estos últimos treinta y tres años. La primera vez fue para ir a Silvia, con dos amigos, uno de ellos líder comunitario, asesinado algunos años después en Jamundí. Volví para hacer un reportaje sobre el desminado, admirando el trabajo paciente, casi obstinado, de las comunidades para asegurar sus tierras agrícolas. En otra ocasión, nuestro vehículo quedó atrapado entre los disparos intensos de dos grupos rivales. A otro momento, fui a encontrarme con desmovilizados en el ETCR de Monterredondo, cerca de Miranda, después de los acuerdos de paz, en una atmósfera cargada. Y también otros trayectos para ir de Cali a Popayán por la Panamericana, en bus, en taxi o en carro privado.
Hay algo allí que no se olvida. El Cauca es un territorio espléndido, vertical, exuberante, a la vez generoso e inquietante. Me recuerda los Pirineos, de donde soy originaria, pero más vasto, más extremo, más desmesurado. Y esa belleza hace que la violencia resulte aún más incomprensible. Como si viniera a desgarrar algo demasiado grande para ser destruido.
El atentado en el sector del Túnel, sobre la Panamericana, no fue al azar. Apuntó a una vía de lo cotidiano. Buses, chivas, mujeres y hombres que regresaban del mercado, de vender su café, su panela. La vida ordinaria. Luego la explosión. El caos. Los cuerpos. Madres, padres, niños. Vidas que solo iban de paso. Sin escoltas, sin blindaje, sin discursos políticos que las protegieran.
Desde el exterior, se sigue hablando de Colombia como de un país en paz. Una paz administrativa, casi estadística. Pero en ciertas regiones —el Cauca, el Catatumbo, entre otros— la guerra nunca ha cesado. Ha cambiado de forma, de nombre, de sigla. Los actores han mutado. Solo quedan las disputas por el control territorial y las economías ilegales. Y la misma brutalidad.
Lo que también impacta es lo que viene después. La rapidez con la que la tragedia se vuelve utilizable. En periodo electoral, la violencia se transforma en un lenguaje paralelo. Satura el espacio público, impone sus lecturas. Los discursos se endurecen. Y en medio de ese ruido, quienes mueren no tienen voz.
El guion es conocido de antemano. La izquierda acusa a la derecha. La derecha acusa a la izquierda. Unos se preguntan a quién beneficia el crimen, otros ridiculizan la “paz total”. Y mientras las palabras chocan entre sí, se impone una realidad: quienes atacan hoy ya no llevan ideología. Son grupos armados inscritos en lógicas de narcotráfico, de control, de fragmentación.
También está ese cansancio sordo que se instala con los años. En los años noventa y dos mil, los mensajes de año nuevo invocaban siempre lo mismo: la paz. Con la fuerza de una fe profunda. El tiempo ha pasado. La paz no ha llegado realmente. O solo por fragmentos. Y la palabra misma parece haberse desvanecido, como si ya no tuviera del todo su lugar en las conversaciones cotidianas. Desde 2016, un acuerdo histórico abrió una brecha. Pero sobre el terreno, la violencia se ha reconfigurado. Y para los habitantes del Cauca, como para tantos otros, el peligro nunca ha desaparecido.
Hay días en que Colombia duele. No solo por lo que vive. Sino por lo que repite.
Guylaine Roujol
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