El legado del asbesto
Cuota:
París, 12 de julio de 2026.
Hace exactamente siete años, el Congreso de Colombia aprobó la Ley 1968, más conocida como la “Ley Ana Cecilia Niño”, que prohibió el asbesto, esa estructura fibrosa en ese entonces ampliamente utilizada en la industria y la construcción. Muchos vieron en ella el final de una lucha. En realidad, también fue el comienzo de otra. Porque el asbesto tiene una característica terrible: no mata en el momento de la exposición, sino 20, 30 y, a veces, hasta 40 años después. Ninguna ley puede borrar las fibras que ya fueron inhaladas.
Casi treinta años después de la prohibición del asbesto en Francia, en 1997, los expertos estiman que la exposición a este material sigue siendo responsable de entre 2.000 y 3.000 muertes al año en ese país.
Desde que tengo memoria, recuerdo a Pierre, a quien todos llamábamos cariñosamente Pierrot. De niña, lo veía construir nuestra casa junto a mi padre. Al principio casi no había nada: un solo cuarto donde dormían mis padres y sus tres hijos, una cocina diminuta, una sala común chiquita y un pequeño baño. Luego, año tras año, se iba añadiendo una habitación. Primero una para mis padres. Después otra para los niños. Luego la sala donde se instalaría la chimenea. Y, finalmente, una terraza abierta hacia los Pirineos, ese paisaje majestuoso del que uno nunca se cansa.
Pierrot nunca conoció a sus padres. Criado bajo protección del Estado, en un hogar sustituto. Era pequeño y flaco. Sin embargo, tenía la resistencia de quienes trabajan sin contar las horas. Siempre dispuesto a ayudar. Siempre con una idea o un truco para mejorar la obra.
El año pasado supo que padecía un mesotelioma, un cáncer de la pleura – la membrana que recubre los pulmones – que afecta a tantos trabajadores que pasaron su vida manipulando asbesto. La tasa de supervivencia a cinco años es inferior al 10 %.
Hace tres meses, su teléfono dejó de responder para siempre.
La tragedia del asbesto no termina cuando se prohíbe. Es un veneno de efecto diferido. Tanto en Colombia como en Francia, el conocimiento científico existía mucho, pero mucho antes de la prohibición. Varios países del norte de Europa ya habían prohibido su uso… ¡desde los años ochenta! Desde hacía tiempo, la Organización Mundial de la Salud y el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer habían establecido que todas las formas de asbesto eran cancerígenas. Sin embargo, esa certeza no bastó para imponer una prohibición inmediata.
Los argumentos se parecen bastante. En Francia se hablaba de un “uso controlado”. Se afirmaba que las normas, los equipos de protección y determinados procedimientos permitirían controlar el riesgo. En Colombia se utilizó el mismo razonamiento en torno al crisolito, presentado por la industria como una forma de asbesto supuestamente menos peligrosa. Había que justificar el retraso de una legislación que tardaba demasiado en llegar…
Después apareció el argumento de la falta de datos nacionales. En el país europeo, las enfermedades profesionales permanecieron durante mucho tiempo subregistradas. Los grandes procesos judiciales y el reconocimiento de las responsabilidades llegaron después de 1997.
En Colombia también se invocó la ausencia de registros epidemiológicos completos, a pesar de que las pruebas científicas internacionales ya eran abrumadoras. La ley aprobada el 11 de julio de 2019 fue, ante todo, el resultado de una movilización política y ciudadana, impulsada especialmente por la lucha de Ana Cecilia Niño, quien logró poner un rostro humano a una tragedia sanitaria que durante demasiado tiempo había quedado reducida a debates técnicos.
En ambos países, las consideraciones económicas siguieron la misma lógica: preocupación por las consecuencias para la industria, el empleo y el costo de la construcción. Cada año ganado por los intereses económicos se paga, décadas más tarde, con miles de vidas humanas.
Los mismos argumentos producen las mismas consecuencias. El séptimo aniversario de la ley colombiana es, al mismo tiempo, una fecha para celebrar y un recordatorio. Porque la batalla sanitaria apenas comienza.
Cuando el recuerdo de Pierrot vuelve a mí, pienso en todos aquellos que, como él, creyeron estar construyendo casas, colegios o fábricas, sin imaginar que, al mismo tiempo, estaban cavando poco a poco su propia tumba. Casi treinta años después de la prohibición, Francia sigue contando los muertos de esta bomba de tiempo.
¿Cuántos miles de víctimas están aún por venir en Colombia?
Guylaine Roujol
Reciente
Únete a Bandalos magazine