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El equilibrio de los contrarios

El equilibrio de los contrarios

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París, 5 de septiembre de 2026.

A comienzos de año, una amiga cruzó la puerta que todos abriremos algún día. Porque cuando se nos da la vida, nuestros padres también nos llegan la muerte como herencia. «Todo lo que vive morirá», decía mi madre, en una mezcla de sabiduría oriental y de pesimismo forjado por una infancia difícil.

Cuando una persona desaparece, tendemos a embellecer sus rasgos de carácter. En el caso de esta amiga, ese ejercicio resultaba innecesario. Los calificativos y los homenajes que acompañaron su partida no tenían nada de exagerado. Le gustaba cantar, bailar, reía con facilidad, en casi cualquier circunstancia. Su mesa estaba siempre puesta, a cualquier hora, para quien cruzara su puerta con el estómago vacío. Era generosa también con su tiempo, su energía y sus consejos: los de una madre con su hija, los de una amiga que sabe levantar el ánimo, proponer una salida, vislumbrar una solución a un problema, cambiar las ideas, ofrecer un hombro y una escucha atenta. En resumen, creía obstinadamente en la vida.

Éramos opuestas en todo, o casi. Sin embargo, incluso cuando pasábamos un año, a veces dos, sin dar señales de vida, nuestros reencuentros eran siempre intensos. Una alegría inmediata ante la idea del momento compartido y la impaciencia por las conversaciones que vendrían.

Tras su partida hacia el más allá – si es que existe – me pregunté cómo una amistad así había logrado perdurar en el tiempo, cuando nuestras historias, nuestros modos de vida y hasta nuestra propia esencia parecían oponerse: su optimismo luminoso frente a mi pesimismo, que prefiero llamar realismo.

¿Era, parafraseando a Montaigne a propósito de La Boétie, «porque era ella, porque era yo»? No lo creo. Me parece una explicación desmesuradamente orgullosa. ¿Era más bien, como pensaba Platón, que buscamos en el otro lo que nos falta? Esa idea de la complementariedad de las almas me resulta más seductora. Después de pasar un tiempo con ella, era difícil no marcharse con un impulso adicional, con más energía, con una fuerza insuflada por su manera de ver la existencia.

Nietzsche, por su parte, desconfiaba de los amigos-espejo. El optimista, decía, puede salvar al pesimista de la desesperación, mientras que este protege al optimista de la ingenuidad. ¿No es el verdadero amigo aquel que resiste, aquel del que no se puede sospechar complacencia? Sí, esas zonas de confrontación entre dos caracteres tan disímiles eran a veces incómodas, pero enormemente fecundas en el plano de la reflexión.

Finalmente, al evocar estos veinticinco años de amistad, cuando ella creía tanto en la humanidad y yo la miraba con tanta desconfianza, fue Aristóteles quien más me convenció. Este filósofo distinguía tres formas de amistad: la de la utilidad, la del placer y la del bien, la más rara, fundada en la virtud. En esa amistad, no cuentan ni los temperamentos ni las psicologías, sino el reconocimiento mutuo del valor moral del otro, una forma de ética compartida.

Si lo pienso bien, nuestros temperamentos divergían en casi todo, al menos en apariencia: bailo mal, desconfío del género humano, me cuesta encontrar despreocupación en un mundo violento, injusto y cruel con los más vulnerables… Pero compartíamos lo esencial: el mismo sentido de la equidad, de la justicia y de la lealtad.

Tal vez la amistad no consista en parecerse, ni siquiera en comprenderse del todo, sino en caminar largo tiempo una al lado de la otra sin renunciar jamás a aquello que se considera justo.

Y en ese punto, estábamos perfectamente de acuerdo.

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