Crimen Juvenil Global
Cuota:
Paris, 14 de febrero de 2026
El asesinato del senador del Centro Democrático y candidato a la presidencia de Colombia, Miguel Uribe Turbay, el 7 de junio de 2025, a manos de un adolescente de 15 años, volvió a situar momentáneamente en el debate público el tema de los sicarios menores de edad. El autor material de los hechos se justificó de inmediato afirmando haber actuado «por plata».
Esta semana, en Francia, un adolescente reclutado por internet por el crimen organizado de Marsella compareció ante el tribunal de menores de París. Fue juzgado por un homicidio cometido cuando tenía 14 años, destinado a vengar la muerte de otro adolescente, apuñalado e incinerado vivo, en un contexto de narcotráfico. Bajo protección estatal desde los 9 años, tras la detención de sus padres por narcotráfico, se equivocó de objetivo y fue denunciado por el propio autor intelectual, quien llamó desde su celda —ya que, al parecer, las cárceles francesas se han vuelto oficinas de teletrabajo—, insatisfecho con la ejecución del «encargo».
Este caso revela un fenómeno creciente en Francia: la implicación de menores en la criminalidad organizada. Aunque las cifras siguen siendo bajas frente a Colombia, lo que hace apenas diez o veinte años parecía impensable comienza a perfilarse en el Viejo Continente.
Aunque los contextos sociopolíticos de ambos países son distintos, algunas similitudes resultan evidentes. Niños y adolescentes fuera del sistema escolar, provenientes de familias desestructuradas y empobrecidas, con escasos referentes, seducidos por la promesa de dinero «fácil», se mueven en entornos donde la brutalidad se ha normalizado: el hogar, la calle, el colegio. Los actos son cada vez más extremos, como señaló el presidente del tribunal de Marsella, al referirse a menores víctimas y perpetradores de torturas, secuestros y asesinatos.
En Francia también la violencia puede matar al azar. Próximamente será juzgado el caso emblemático de Socayna, estudiante de Derecho asesinada por una bala perdida de kaláshnikov mientras estudiaba en su cuarto. Una joven humilde, víctima colateral, una vez más en Marsella. Pero este fenómeno ya no se limita a las grandes metrópolis. Ciudades intermedias comienzan también a verse afectadas, en una expansión progresiva que sorprende cada vez menos.
Todo parece indicar que las diferencias entre los barrios populares de América del Sur y los de Europa, o al menos los de Francia, se están reduciendo, convergiendo de manera inexorable.
Los ingredientes de esta misma receta explosiva se repiten en todas partes: pobreza persistente, pérdida de referentes, violencia omnipresente, retirada del Estado y de sus instituciones, una justicia debilitada, profundización de las desigualdades, deterioro de los servicios públicos, voracidad consumista, bandas juveniles fuera de control, disputas territoriales y fronteras invisibles. Con la expansión del narcotráfico y las colosales rentas que genera como telón de fondo.
La globalización no afecta solo a la economía legal. Las reglas del mercado también rigen el crimen. El sicario menor se vuelve intercambiable, desechable. El delito se externaliza; el reclutamiento se hace por Snapchat o plataformas encriptadas.
¿Es posible dar marcha atrás? ¿Recuperar un mundo donde el ser prevalezca sobre el tener y donde la violencia no choque con la indiferencia ni la resignación?
Tal vez lo más inquietante no sea que los niños maten, sino que eso nos sorprenda cada vez menos.
Guylaine Roujol
Reciente
Únete a Bandalos magazine