Epstein y sus amigos ¿eran caníbales?
Cuota:
Jeffrey Epstein ya es un nombre siniestro. Abuso sexual de menores. Tráfico de víctimas. Explotación sistemática. Todo comprobado. Pero más allá de los crímenes confirmados, existe un mar de dudas que nace del lenguaje de Epstein y de quienes lo rodeaban.
Los archivos liberados muestran correos, notas y mensajes donde saltan términos inquietantes: “cannibal”, “sacrifices”, “ritual”, “ceremonia”. Palabras que evocan desmembramiento, decapitación, sangre, corazón, órganos, carne humana. Para cualquier lector sin contexto, producen escalofríos y preguntas difíciles de responder: ¿significan algo literal? ¿jerga interna? ¿broma macabra o algo más oscuro? Hasta ahora, la investigación judicial no ha aclarado estas alusiones, y la evidencia sobre estas referencias permanece fragmentaria.
Cada palabra parece formar parte de un sistema de comunicación críptico. Refuerza jerarquías, protege secretos y establece complicidades.
“Consume”, “devour”, “presa”, “víctima”: estos términos aparecen dispersos en los documentos como piezas de un lenguaje que deshumaniza. Lo que para un lector externo suena a horror —sangre, sacrificio, órganos— dentro de un círculo cerrado puede operar como código, como símbolo de dominio, como mecanismo de control. Pero esa posibilidad no elimina la inquietud; la profundiza.
Ese es el núcleo del problema. No sabemos si estamos frente a metáforas grotescas, a bromas privadas de mal gusto, a exageraciones o a algo más grave. Y precisamente porque no lo sabemos, el efecto es perturbador. El vacío de claridad judicial alimenta la sospecha. Cada palabra sin contexto se convierte en un detonante de imaginación colectiva.
Este mar de dudas no es exclusivo de un solo país ni de un solo grupo. En distintos lugares del mundo —incluida Colombia — las estructuras de poder han operado históricamente mediante secretismo, jerarquías cerradas y lenguajes internos que solo entienden sus miembros. Cuando la justicia encuentra lagunas y los documentos son parciales, la sociedad queda atrapada entre lo comprobado y lo insinuado. Entre lo que sabemos y lo que tememos.
El verdadero horror no está únicamente en las palabras “canibalismo” o “sacrificio”. Está en la deshumanización que esas palabras sugieren. En la idea de que algunos pueden verse a sí mismos como depredadores y a otros como presas. En la posibilidad de que el lenguaje funcione como antesala de actos que reducen a personas a objetos, a cuerpos, a “carne”.
No hay evidencia judicial que pruebe canibalismo literal. Pero sí hay evidencia de un lenguaje inquietante, ambiguo, cargado de símbolos oscuros. Y mientras la investigación no despeje completamente estas sombras, la pregunta seguirá flotando: ¿eran solo palabras? ¿o eran algo más?
Ese es el verdadero legado perturbador del caso Epstein. No solo los crímenes ya probados, sino el eco de un vocabulario que mezcla ritual, sangre, víctima y consumo. Un eco que deja a la opinión pública navegando en un mar de dudas donde la frontera entre realidad y especulación sigue sin definirse con claridad.