Fe y barbarie
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París, 4 de abril de 2026.
La Pascua puede considerarse la fiesta universal del cristianismo, pero adopta formas muy variadas según las regiones, mezclando elementos simbólicos, celebraciones culturales y, en ocasiones, dimensiones comerciales.
En Colombia, la Semana Santa es una de las épocas más importantes del año, tanto religiosa como cultural y turística. Muchos colombianos la aprovechan para visitar a su familia. En algunas zonas se vive como unas vacaciones; en otras, como en Popayán, Mompox o Pamplona, entre otros, las procesiones recuerdan la dimensión religiosa. En los ambientes más tradicionales, se valora y se espera una conducta ejemplar, que puede manifestarse de distintas maneras.
A pesar de estas diferencias locales, hay ciertos puntos en común. El ayuno durante la Cuaresma, inspirado en los 40 días que Jesús pasó en el desierto, según los Evangelios, se percibe como un sacrificio personal, una forma de penitencia y de reconexión con lo esencial, materializada por la abstinencia de carne el Viernes Santo. En la tradición cristiana, este alimento “rico” se asocia con el placer y la celebración. El consumo de carne se reanuda después; el consumo de pescado, en cambio, nunca se detiene.
En Francia, el domingo de Pascua es tradicional comer cordero. Ya central en la fiesta judía de Pésaj, donde el sacrificio del cordero simbolizaba la protección del pueblo hebreo durante el Éxodo, representa a Cristo para los cristianos, el “Cordero de Dios”. Gracias a la coincidencia agrícola (estos ovinos nacen en primavera bajo nuestras latitudes), su consumo en Pascua se ha convertido en una tradición que celebra la resurrección después del sacrificio, respetada casi tanto por los no creyentes como por los creyentes. Cada año, más de 3 millones de corderos de menos de tres meses de edad son sacrificados para esta ocasión allí.
En España, durante fiestas patronales no necesariamente relacionadas con la Pascua, sino con un santo local, la devoción monstruosa se manifiesta en encierros o, en algunos lugares, en la ignominiosa práctica del toro embolado, vuelto loco de dolor por las antorchas encendidas fijadas en sus cuernos. En materia de salvajismo, los brutos cobardes y fanáticos no retroceden ante ninguna paradoja ni ninguna disonancia cognitiva al sacralizar esta violencia ritual.
En menos de dos meses se producirá otra masacre: el Aid el-Kebir, en la que los musulmanes sacrificarán un cordero en memoria del acto de fe de Abraham, dispuesto a ofrecer a su hijo a Dios…, quien lo reemplazó por un carnero, según el Corán. El islam es la segunda religión más representada en Francia, un país donde más de un tercio de la población se declara atea, agnóstica o sin religión. La legislación para reducir el sufrimiento animal ha retrocedido desde mediados de los años 90. Desde entonces, las prácticas rituales pueden realizarse sin aturdimiento previo. En la práctica, esto significa suspender los principios destinados a limitar la crueldad hacia los animales siempre que se invoque el tabú supremo de la religión.
El degollamiento ritual sin aturdimiento inflige un sufrimiento atroz adicional, tanto físico como psicológico, dejando al animal plenamente consciente de su terror y de su muerte inminente.
Asociaciones como L214 documentan en Francia las prácticas en los mataderos, muestran el sufrimiento de los animales sin importar el tipo de sacrificio y alertan a la opinión pública. Sin embargo, en los medios, estas imágenes se difunden cada vez menos, como si la rutina hubiera banalizado lo atroz. Se ven animales todavía vivos en el momento de ser cortados, golpeados o sangrados: actos ignominiosos, insoportables para quien tenga una conciencia normal e incapaz de complacerse en tal perversión. La barbarie no tiene por qué detenerse en las fronteras: ¿Quién sabe lo que ocurre en los mataderos en Colombia?
En Pascua, millones de corderos seguirán siendo sacrificados en Francia en condiciones que provocan sufrimiento. En el Aid, otros animales serán sangrados “en plena conciencia”, aumentando así su dolor y su terror, siempre en nombre de la fe.
Estas fiestas deberían encarnar vida espiritual, reflexión moral y ejemplaridad. Una ejemplaridad con serias limitaciones que, visiblemente, no se aplica a los animales.
¿Y si, por una vez, tomáramos estas enseñanzas en serio?
¿Y si nuestro respeto y nuestra justicia no se limitaran solo a los humanos?
¿Y si finalmente dejáramos de comportarnos como monstruos?
Guylaine Roujol
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