Por qué necesitaremos una renta universal alta
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Por Elon Musk
Durante siglos, el progreso humano ha estado impulsado por una ecuación relativamente simple: el trabajo humano produce valor, y ese valor sostiene a la sociedad. La civilización moderna se construyó sobre esa premisa. Pero estamos llegando a un punto de inflexión histórico en el que dicha ecuación deja de ser válida.
La inteligencia artificial, la robótica avanzada y la automatización generalizada no representan una simple evolución tecnológica más. Representan una ruptura estructural. Por primera vez, estamos creando sistemas capaces no solo de asistir al ser humano, sino de reemplazarlo en prácticamente cualquier tarea productiva: desde la manufactura hasta la medicina, desde la logística hasta el razonamiento estratégico.
Esto no es una hipótesis futurista. Es una trayectoria ya visible.
Cuando las máquinas pueden producir bienes, ofrecer servicios y tomar decisiones mejor, más rápido y a menor costo que los humanos, el concepto mismo de “empleo” comienza a perder su centralidad económica. En ese punto, insistir en que el trabajo tradicional siga siendo la base de la subsistencia humana deja de tener sentido práctico.
Durante décadas hemos hablado de productividad, crecimiento y eficiencia como objetivos incuestionables. Sin embargo, la pregunta que ahora debemos formular es otra: ¿qué ocurre cuando la productividad deja de necesitar personas?
La respuesta no puede ser simplemente “que el mercado se ajuste”. Si el resultado de ese ajuste es una concentración extrema de riqueza, una masa creciente de personas sin ingresos y una pérdida generalizada de propósito, entonces el sistema habrá fracasado en su objetivo fundamental: servir al bienestar humano.
Por eso he sostenido, en múltiples ocasiones, que algún tipo de renta universal será inevitable. Pero con el tiempo he llegado a una conclusión más profunda: no bastará con una renta básica mínima. El futuro exigirá una renta universal alta.
No hablo de caridad, ni de asistencialismo. Hablo de reconocer que, en un mundo de abundancia generada por máquinas, el acceso a los recursos esenciales —salud, vivienda, alimentación, energía, educación y transporte— debe dejar de depender del empleo tradicional.
La automatización no tiene por qué empobrecer a la humanidad. Al contrario, puede liberarla. Puede permitir que las personas dediquen su tiempo a actividades creativas, científicas, artísticas, educativas o simplemente humanas: cuidar a otros, aprender, explorar, pensar. Muchas de las mayores contribuciones de la historia surgieron cuando las personas no estaban atrapadas en la mera supervivencia.
Por supuesto, esto plantea preguntas difíciles. ¿Cómo se financia un sistema así? ¿Quién controla los medios de producción automatizados? ¿Cómo se evita una concentración extrema de poder económico? Estas son cuestiones legítimas, y no pretendo tener todas las respuestas.
Pero sí estoy convencido de algo: ignorar el problema no lo hará desaparecer. Si la automatización avanza sin un rediseño profundo del contrato social, el resultado no será prosperidad, sino inestabilidad. Una sociedad donde unos pocos controlan sistemas productivos casi infinitos y el resto queda excluido no es sostenible, ni moral ni políticamente.
La alternativa es utilizar la tecnología como una herramienta de emancipación colectiva. Si los robots y la inteligencia artificial pueden producir más de lo que cualquier sociedad ha conocido, entonces todos deberían beneficiarse de ello. No solo mediante transferencias monetarias, sino mediante acceso real y digno a los recursos que hacen posible una vida plena.
El gran desafío del siglo XXI no será técnico. Será filosófico, político y ético. Tendremos que redefinir qué significa contribuir, qué significa vivir bien y qué significa progreso.
La pregunta ya no es si este futuro llegará. La pregunta es si estaremos preparados para construirlo con justicia, inteligencia y humanidad.
Extraído de:
Declaraciones en el World Government Summit (2017).