Campaña basura
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París, 13 de junio de 2026
La campaña presidencial colombiana entra en su recta final. A medida que se acerca la elección, el debate deja de girar en torno a los programas y se desplaza hacia videos que los candidatos nunca grabaron y frases que nunca dijeron. La campaña de 2026 podría quedar como aquella en la que la frontera entre realidad y fabricación digital se volvió difícil de distinguir.
A finales de enero, un video difundido en septiembre de 2025 por el entonces candidato Iván Cepeda fue manipulado con inteligencia artificial. Un deepfake de voz le atribuía la afirmación de que, si era elegido presidente, integraría a exguerrilleros de las FARC a las fuerzas armadas. Nunca dijo eso.
Circularon otros casos similares. En uno de ellos, hace algunos días, el candidato aparecía anunciando que no destinaría “ni un solo peso” a los departamentos de Santander y Norte de Santander, señalados como territorios de paramilitarismo, y dejando entrever que el ELN podría operar allí sin restricciones. Era un discurso fabricado, diseñado para activar miedos políticos muy precisos.
Algo similar ocurrió con una entrevista radial de 2025 a Abelardo de la Espriella. En ella hablaba de su fe y de cómo se había fortalecido tras la muerte de un ser querido. El video manipulado dio vuelta ese relato: lo convirtió en una supuesta confesión según la cual su discurso religioso era solo una estrategia electoral.
Detrás de estos contenidos hay un ecosistema de páginas militantes, influenciadores y cuentas seudoperiodísticas. Son ellos quienes difunden y amplifican los videos. Las redes se llenan de imágenes y piezas creadas o alteradas con IA: afiches falsos, anuncios ficticios, escenas inventadas con los candidatos.
A comienzos de año, un video mostró a miles de personas supuestamente apoyando a Abelardo de la Espriella. Se presentó como prueba de fuerza política. En realidad, las imágenes venían de un concierto de Iron Maiden en 2024.
Los deepfakes más efectivos no son los más extremos. Son los que parecen verosímiles. Los que encajan con prejuicios ya instalados. Los falsos discursos de Cepeda reactivan sospechas sobre su cercanía con grupos guerrilleros. Los que afectan a De la Espriella golpean su imagen ante un electorado de fuerte arraigo religioso. La inteligencia artificial no crea esas fracturas; las explota.
En 2022, la desinformación ya dominaba la campaña: rumores, montajes, audios de WhatsApp, contenidos fuera de contexto, falsas denuncias de fraude. Pero la inteligencia artificial generativa aún estaba en una etapa inicial. No existía esta capacidad de producir contenidos creíbles en minutos.
Durante décadas, un video fue prueba. Hoy ya no lo es. Una parte del electorado detecta las manipulaciones. Otra duda. O las cree. Entre medio, se instala la confusión.
La sátira funciona con un pacto claro: el público sabe que no es real. La inteligencia artificial rompe ese pacto. Copia los códigos del periodismo, de la entrevista, del testimonio. Cuando el objetivo es hacer pasar por reales palabras o hechos que nunca ocurrieron, ya no hay sátira. Hay manipulación.
La política se acerca así a una campaña de demolición. Ya no se trata solo de convencer. Se trata de destruir la credibilidad del adversario. La victoria puede terminar siendo de quien logre instalar más rechazo que apoyo.
La inteligencia artificial no inventó la desinformación política, pero la volvió más barata, más rápida y masiva.
En pocos días, los electores deberán elegir entre dos candidatos. Ya no solo entre dos proyectos, sino entre dos realidades paralelas, ninguna completamente fiable.
Como si la confusión digital no bastara, la campaña también parece haber encontrado nuevas prioridades. A una semana de la segunda vuelta, el debate público gira alrededor de una fotografía que James Rodríguez no se tomó con Antonella Petro, hija del presidente, y de una controversia judicial sobre el derecho de Abelardo de la Espriella a usar la camiseta de la selección colombiana durante sus actos de campaña.
Mientras tanto, el recrudecimiento de la violencia armada en varias regiones del país, la economía y el futuro del proceso de paz apenas encuentran espacio en la conversación nacional. Políticos, magistrados, dirigentes deportivos e internautas discuten sobre autógrafos, camisetas y símbolos nacionales. La selección colombiana, una de las pocas instituciones capaces de reunir a un país profundamente dividido, ha terminado convertida en otro campo de batalla ideológico.
Entre los videos falsos generados por inteligencia artificial y las polémicas que reducen la política a una disputa simbólica, la campaña parece hablar cada vez menos de Colombia. Ahí está la victoria de la desinformación: no solo deformar la realidad, sino conseguir que los asuntos esenciales desaparezcan del debate.
Guylaine Roujol
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