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La batalla por el millón de votos

La batalla por el millón de votos

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París, 20 de junio de 2026.

A lo largo de las últimas semanas, habrá sido casi imposible seguir el ritmo de los acontecimientos: cada día ha traído consigo una nueva serie de giros, acusaciones, decisiones judiciales y asuntos de seguridad o diplomáticos. Algunos están manifiestamente vinculados a la campaña presidencial. En otros casos, los hechos no están establecidos. Su rápida sucesión alimenta un clima enrarecido en el que la frontera entre la coincidencia, la instrumentalización política y una amenaza real resulta cada vez más difícil de discernir. La detención del influenciador Beto Coral el pasado martes en Estados Unidos ofrece una ilustración de ello.

Tras una primera vuelta marcada por la participación más alta registrada desde 1958 y por la confirmación de una profunda polarización de la sociedad colombiana, los dos candidatos que siguen en contienda, Abelardo de la Espriella (Defensores de la Patria), quien obtuvo 10.361.499 votos, e Iván Cepeda (Pacto Histórico), en quien depositaron su confianza 9.688.361 electores, entraron en una carrera contrarreloj que abandonó el terreno de las propuestas para instalarse en el de las acusaciones, las polémicas y los enfrentamientos permanentes.

Entre los cerca de 24 millones de colombianos que acudieron a las urnas en la primera vuelta, el 84,64 % eligió a uno de estos dos candidatos. Una inmensa mayoría de los electores votó, por tanto, desde la primera vuelta como si ya se tratara de una segunda.

Las últimas encuestas atribuyen una ventaja a Abelardo de la Espriella. Sin embargo, los antecedentes recientes aconsejan prudencia frente a cualquier pronóstico. Iván Cepeda conserva una base electoral significativa y la elección permanece abierta.

La cuestión central gira ahora en torno al destino de los 3.228.499 votos obtenidos por los nueve candidatos eliminados. La movilización de los abstencionistas también pesará en el resultado de la elección.

La misma noche de su derrota, Paloma Valencia llamó sin ambigüedades a votar por Abelardo de la Espriella, al considerar que el país no podía caer «en las manos del neocomunismo».

Una parte de ese electorado, de hecho, no había esperado esa orientación, pues el candidato de Defensores de la Patria ya había captado una fracción importante del voto conservador. Sin embargo, algunos votantes de Paloma Valencia consideran a De la Espriella demasiado impredecible, demasiado populista y excesivamente inspirado por el trumpismo. Muchos de ellos podrían votar por él no por adhesión, sino por rechazo a Cepeda y a lo que perciben como la continuidad del proyecto político impulsado por Gustavo Petro.

Por su parte, en los últimos días de campaña, Iván Cepeda ha buscado tranquilizar a algunos sectores moderados sin modificar profundamente las orientaciones que ha defendido desde el inicio de la contienda. La idea de una Asamblea Constituyente ha desaparecido. La expresión «paz total», demasiado costosa en términos políticos, ha sido abandonada.

Con su millón de electores, Sergio Fajardo sigue siendo, al menos en teoría, uno de los principales árbitros de esta elección. Hasta ahora ha rechazado respaldar oficialmente a cualquiera de los dos finalistas. Fiel a su denuncia de la polarización, se ha limitado a recordar los principios que considera indispensables para el funcionamiento de la democracia colombiana, dejando a sus votantes en libertad de elegir.

Como ocurre en otras repúblicas enfrentadas a una fuerte polarización, sus electores podrían estar más motivados por el rechazo que por la adhesión. ¿Rechazarán a un candidato considerado demasiado autoritario, demasiado agresivo o impredecible? ¿O castigarán al heredero de un gobierno que generó suficiente desconfianza como para no ser ratificado desde la primera vuelta, en un final de campaña marcado además por una decisión judicial que prohibió a Gustavo Petro utilizar los canales de comunicación de la Presidencia para intervenir en la campaña?

Los electores de Claudia López, Luis Gilberto Murillo, Carlos Caicedo o Roy Barreras deberían inclinarse mayoritariamente por el Pacto Histórico si acuden a las urnas. Los de Miguel Uribe deberían trasladarse masivamente hacia Defensores de la Patria. Pero tampoco aquí hay nada completamente asegurado. Una elección nunca es una simple suma de columnas de Excel.

Las autoridades han reforzado los dispositivos de seguridad tras varias alertas en el Catatumbo, Arauca, algunas regiones del Cauca y del Chocó, así como en la Sierra Nevada de Santa Marta, donde grupos armados ejercen influencia sobre las poblaciones locales. Los colombianos están familiarizados con estas tensiones que acompañan las campañas electorales. Pero en una elección que podría definirse por un margen estrecho, cualquier obstáculo a la libertad de circulación o al ejercicio del voto alimentará las impugnaciones y debilitará la aceptación del resultado.

El sábado no solo está en juego una elección presidencial. También la perspectiva de un viraje político, institucional y geopolítico cuyas consecuencias podrían marcar de manera duradera al país.

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