Animalismo de campaña – Parte 1
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París, 9 de mayo de 2026.
«Soy animalista, amo a los animales», declaró sin un atisbo de ironía Paloma Valencia, candidata del Centro Democrático a la elección presidencial de 2026 en Colombia, antes de añadir, en el mismo video difundido en X hace algunas semanas, que se comprometía “a hacer respetar las tradiciones”. Traducción: peleas de gallos y corridas.
El líder del movimiento, Abelardo De La Espriella, asegura que, de llegar a la presidencia, impulsará una política pública para “garantizar condiciones de vida dignas desde el nacimiento hasta el final del ciclo vital de los animales”. ¿Un giro inesperado? Hace apenas doce años, el hoy candidato no dudaba en relatar en televisión una supuesta “broma” de juventud: amarrar cinco voladores de pólvora al lomo de un gato para comprobar si lograba hacerlo volar.
Iván Cepeda se declaró en contra de los espectáculos “de tortura y sevicia”, que considera “degradantes en primer lugar para los animales, pero también para los seres humanos”. Si bien su postura antitaurina está claramente establecida, la protección animal no ha sido un eje central de su campaña, y no se han anunciado recientemente medidas concretas en este ámbito. Al menos, no se dedicó a cortejar a los votantes sensibles a la protección animal con promesas destinadas a captar sus votos. De este modo, esos electores no tendrán después que enfrentarse a la inevitable desilusión de la inacción.
Los animalistas, que no se ubican ni a la izquierda ni a la derecha del espectro político, pues la lucha contra la crueldad no reconoce banderas ideológicas, llegan una vez más a las elecciones presidenciales en una posición incómoda. Quien resulte elegido probablemente relegará esta agenda a un segundo plano, si no es que la entierra por completo, convertida apenas en un recurso retórico útil para rascar algunos votos en la recta final hacia las urnas. En el mejor de los casos, solo queda la pregunta resignada de quién de los candidatos la pisoteará menos.
En mayo de 2024, el Congreso de la República aprobó la Ley 2385, conocida como la «Ley No Más Olé», que prohíbe en todo el territorio colombiano las corridas, el rejoneo, las novilladas, las becerradas y las tientas. Una ley que solo entrará en vigor en 2027… y que ya puede imaginarse en suspenso si un futuro gobierno decide que “hacer respetar las tradiciones” es más importante que impedir el sufrimiento innecesario de seres sensibles, todo bajo este pretexto falaz.
Pero, ¿qué tradiciones exactamente?
¿Las mutilaciones genitales femeninas, aún practicadas en algunas comunidades pese a los esfuerzos de campañas de sensibilización para erradicarlas?
¿Los sacrificios humanos, realizados como parte de rituales religiosos o para garantizar la fertilidad de las tierras, el éxito militar o la prosperidad de la comunidad, tal como lo hacían los muiscas en el cerro de Sugamuxi?
¿Los sacrificios de animales – llamas, perros, aves, jaguares – para honrar a las deidades o acompañar a los difuntos?
¿O incluso los ritos de canibalismo, cuando el consumo de ciertas partes del cuerpo de enemigos vencidos permitía absorber su fuerza?
Todas estas prácticas y creencias formaron parte de la cultura y las tradiciones en el territorio colombiano. Sin embargo, en algún momento de la historia, se reconoció su carácter bárbaro y fueron prohibidas. Las tradiciones no son inmutables. Afortunadamente, evolucionan, sin traicionar la identidad de una cultura.
Mantener la corrida bajo el pretexto de la tradición es un argumento que oscila entre la estupidez y la ignominia: incluso las mentes más lentas saben que la tauromaquia implica la tortura lenta, metódica y deliberada de un ser vivo. Esa es, de hecho, toda su esencia. Defender esta práctica solo porque es antigua equivale a abogar por la preservación de todo lo que alguna vez existió: la esclavitud, los sacrificios humanos… Es la negación del progreso, el reino inmutable y desesperante del statu quo.
Que algunos políticos reivindiquen su gusto por la violencia, su pasión por los “espectáculos” crueles, está bien. Al menos no se esconden. Pero utilizar estas desviaciones como argumento de campaña, en nombre de la tradición o la cultura local, es un fraude. Defender prácticas bárbaras y proclamarse animalista es una burla directa a cualquiera que aún crea en esa coherencia.
Guylaine Roujol
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