París, 1 de agosto de 2026.
Millones de animales muertos, calcinados vivos o asfixiados. Una visión apocalíptica de una región mundialmente conocida por sus vinos, pero que también representa un territorio donde la calidad de vida, entre bosques de pinos y el océano, ha sido durante mucho tiempo uno de sus mayores atractivos. Cerca de Burdeos, en el suroeste de Francia, un megaincendio ya ha arrasado más de 42.000 hectáreas, obligado a evacuar a cerca de 200.000 personas, destruido cientos de viviendas, empresas y empleos, y cobrado la vida de dos bomberos atrapados por las llamas y de otro más en un accidente. Al momento de escribir esta crónica, el balance supera además los 125 bomberos heridos.
Con más de 116.000 hectáreas consumidas por el fuego desde el 1.º de enero de 2026 – una superficie equivalente a cerca de dos terceras partes del departamento del Quindío, en un país dos veces y media más pequeño que Colombia -, Francia ya rompió su récord anual de áreas incendiadas, duplicándolo, cuando la temporada de incendios aún está lejos de terminar. Esta situación sin precedentes tendrá, además, un enorme costo económico: cientos de millones de euros que deberá asumir el Estado, es decir, que saldrán del bolsillo de los contribuyentes, ya que Francia figura entre los países con la mayor carga tributaria y de contribuciones sociales en proporción a su producto interno bruto.
Otras regiones del mundo también enfrentan hoy incendios de gran magnitud: España, Portugal, Grecia, Italia, Canadá, Estados Unidos e incluso Siberia. Los datos del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS) muestran que las superficies quemadas desde comienzos de 2026 ya superan entre un 40 % y un 60 % el promedio registrado entre 2006 y 2025, lo que hace temer una temporada récord en todo el continente.
En Colombia, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM) ya lanzó la alerta. Ante la amenaza de condiciones climáticas extremas, el Gobierno colombiano expidió el 23 de junio de 2026 un decreto mediante el cual declaró el estado de desastre nacional por un período de doce meses. La medida contempla, entre otras acciones, la creación de un fondo de emergencia, la elaboración de un plan para ahorrar agua y la adopción de medidas destinadas a fortalecer la seguridad alimentaria en las zonas más vulnerables. Para finales de 2026 y comienzos de 2027, el fenómeno de El Niño anuncia sequías, aumento de las temperaturas y un mayor riesgo de incendios forestales.
El calentamiento global no es una fatalidad. Está relacionado principalmente con el aumento de los gases de efecto invernadero en la atmósfera, consecuencia directa de las actividades humanas desde la Revolución Industrial. La quema de combustibles fósiles, la deforestación, la agricultura y la ganadería intensivas, así como determinadas actividades industriales, contribuyen a crear condiciones propicias para la propagación de incendios cuyo origen, ya sea intencional o accidental, obedece en más del 90 % de los casos a actividades humanas.
Estas escenas de horror -incendios que devoran la vida, los árboles, los animales y paisajes enteros- ya no son imágenes lejanas. ¿Cuántos somos realmente conscientes del vínculo que existe entre la compra del último teléfono inteligente, cuyo nuevo diseño es promocionado por los medios, una prenda adquirida por impulso durante las rebajas, un viaje en avión cuando sería posible desplazarse en bus o en tren, o el consumo habitual de carne, y esas imágenes de fin del mundo que aparecen una y otra vez como consecuencia de las catástrofes climáticas: demasiado calor, demasiada sequía, exceso de lluvias o tormentas y tornados que arrasan todo a su paso?
¿Cuándo dejaremos de distribuir envases de un solo uso? ¿Cuándo dejaremos de comprar botellas de agua de plástico? ¿Cuándo recuperaremos el hábito de reutilizar, reparar y reciclar, como ocurría antes en Francia, cuando las botellas de vidrio se devolvían a la tienda para ser llenadas nuevamente? ¿Cuándo dejaremos de consumir, desperdiciar y desechar sin comprender que no estamos separados del mundo vivo, sino que dependemos completamente de él? Mantenemos abierto de par en par el grifo del consumo y luego nos sorprendemos por el agotamiento de los recursos naturales y el desajuste del clima.
Éramos cuatro mil millones de habitantes en 1974, seis mil millones a las puertas del año 2000 y, según las proyecciones, seremos 8.500 millones en 2030. Nuestra expansión demográfica ha transformado profundamente los equilibrios naturales. Las condiciones de vida podrían deteriorarse progresivamente en muchas regiones del planeta: disminución de la productividad agrícola, desaparición de especies (en poco más de cincuenta años, las poblaciones de animales silvestres monitoreadas por los científicos han perdido cerca de tres cuartas partes de sus individuos), multiplicación de los refugiados climáticos, aumento del nivel de los océanos… Nuestra especie tiene una particularidad única: amenaza a todas las demás formas de vida, sin excepción, incluida la suya propia. Tal vez esa sea su característica más singular. Somete, esclaviza, maltrata y, finalmente, mata y destruye.
La raíz de esta tragedia reside, en parte, en que la modernidad fue separando progresivamente al ser humano del mundo vivo. Nos hizo creer que podíamos situarnos por encima de la naturaleza, explotarla sin límites y controlar las consecuencias de nuestros actos. Ese error explica por qué ciertos discursos políticos o mediáticos, indiferentes al destino de las demás especies, permanecen ciegos frente a una verdad elemental: cada bosque destruido, cada especie que desaparece y cada ecosistema degradado también debilitan nuestro propio futuro.
Nuestra ceguera, nuestra arrogancia, nuestro sentimiento de superioridad y nuestra incapacidad para medir las consecuencias de nuestros actos nos conducen hacia aquello que terminaremos mereciendo: un futuro marcado por las crisis, las tragedias y el sufrimiento. Y, en esa caída, arrastramos con nosotros a millones de otras formas de vida que jamás eligieron ese destino.