La otra orilla de la adopción – Parte 1
Cuota:
París, 10 de octubre de 2026.
“Sé cuál es mi lugar. Ahora me siento más tranquilo”.
Con esas palabras comenzó Jaime*, un joven franco-colombiano adoptado a los nueve años y medio, a contarme su regreso a Colombia poco después de alcanzar la mayoría de edad. Un viaje hacia sus orígenes, emprendido como quien desenrolla el hilo del tiempo.
En los años 80, Colombia se consolidó como uno de los principales países de origen de la adopción internacional. Entre 4.000 y 6.000 visas eran expedidas cada año para niños que partían al extranjero, con un pico a comienzos de los años 90. Tras la ratificación de la Convención de La Haya, la tendencia empezó a desacelerarse. A comienzos de los años 2000, cerca de 3.000 niños seguían saliendo del país cada año. El retroceso se acentuó en la década siguiente, hasta llegar a 330 adopciones internacionales en 2024, según datos del ICBF, de las cuales 43 correspondieron a familias colombianas radicadas fuera del territorio nacional.
La cifra refleja una transformación profunda. Hoy, los niños adoptados internacionalmente son en su mayoría mayores, pertenecen a grupos de hermanos o presentan necesidades específicas relacionadas con la salud o la discapacidad. La adopción internacional, antes masiva, se ha vuelto residual y focalizada.
En este nuevo panorama, la cuestión central ya no es tanto la partida como el regreso, más precisamente, la búsqueda de los orígenes. Desde los años 2000 y 2010, las primeras generaciones de niños adoptados en el extranjero alcanzaron la adultez. Muchos sienten entonces la necesidad de ir más allá de los relatos administrativos consignados en los expedientes de adopción del ICBF o de los organismos acreditados. Relatos incompletos, a veces aproximados, cuando no contradictorios.
A su regreso del viaje, Jaime parecía en paz. Con la ayuda de la defensora de menores que años atrás había velado por su protección, logró encontrar el rastro de sus padres biológicos. Su madre, todavía relativamente joven, vivía en un hogar: repetidas crisis epilépticas habían deteriorado seriamente sus capacidades cognitivas. Ella no lo reconoció. Jaime volvió a visitarla una segunda vez, tranquilo al saber que no estaba abandonada a su suerte, en la calle. Sus necesidades básicas estaban cubiertas, e incluso más que eso: durante el día dibujaba o participaba en actividades organizadas para los residentes.
Su padre, mucho mayor, había fallecido. Jaime pudo darle sepultura. Con su hermano mayor, el encuentro fue más incierto. Atrapado en la espiral de la droga y la calle, este lo acompañó primero en sus gestiones antes de insinuar, ante un tercero, un plan de secuestro para sacar provecho económico. Una amenaza difusa, reveladora de un mundo al que Jaime ya no pertenecía.
El joven había hecho lo que podía: enterrar a un padre, situar a una madre, medir la distancia con un hermano. La herida permanecería, probablemente, pero sus contornos se habían suavizado. Si no hubiera sido llevado por la policía a los nueve años, mientras mendigaba en la calle, expuesto por sus padres biológicos debido a una malformación ya operada y hoy imperceptible, probablemente no habría podido convertirse en el joven pleno y equilibrado que es hoy.
Historias como la de Jaime existen por cientos, quizá por miles. Durante más de una década, acompañé algunos de esos regresos hacia el origen de niños colombianos convertidos en adultos en Francia, confrontados con las mismas preguntas: ¿a quién me parezco? ¿Por qué fui separado de mi familia biológica? ¿Por qué yo? ¿Qué fue de quienes se quedaron?
Para algunos, la búsqueda conduce hasta un encuentro con la madre biológica, casi siempre desconocida, a veces idealizada. Para otros, se detiene por falta de huellas: un nombre ausente, una desaparición, una muerte. También ocurre que la respuesta no pase por una persona, sino por un lugar. Volver, caminar sobre la tierra natal, reencontrar el sabor de una fruta, una costumbre olvidada como comer queso con chocolate caliente, reconocer una tonada… son señales sutiles de una memoria que reaparece.
Otros, en cambio, no encuentran en ese regreso más que un desfase. Su colombianidad reside en rasgos, en un color de piel, en una apariencia física. Su país de nacimiento se les presenta entonces como a cualquier visitante: seductor, desconcertante, pero ajeno.
*El nombre ha sido cambiado.
(Continuará)
Guylaine Roujol
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