La paradoja del agua
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París, 18 de abril de 2026.
Hace unos veinte años, invité a un periodista colombiano, entonces exiliado en Francia, a dar una conferencia sobre Colombia en una escuela de periodismo en París donde yo enseñaba. Aceptó el reto de resumir, en una sola tarde, la historia compleja y llena de giros de su país, desmontar algunos prejuicios y, sobre todo, abrir una reflexión sobre sus riquezas. ¿Y si el verdadero El Dorado no fuera el oro, sino el agua?
A principios de los años 2000, la cuestión de la disponibilidad de agua empezaba a plantearse. La idea de un país rico por estar entre los líderes mundiales en abundancia de agua dulce renovable y accesible, gracias a su cuenca amazónica, sus páramos y su extensa red hidrográfica, todavía era iconoclasta y original. En ese entonces, el Día Cívico de la Paz con la Naturaleza ni siquiera se contemplaba.
Por aquel tiempo, viajaba cada año a Cali. Me sorprendió descubrir un sistema complejo, basado en un mercado clandestino de agua, conexiones fraudulentas, camiones cisterna ilegales, cortes de agua ligados a los desbordamientos del río Cauca durante la temporada de lluvias, vertidos de aguas contaminadas y un desperdicio masivo del agua que llegaba al grifo. Esta situación parece no haber cambiado mucho. En mi último viaje, en agosto de 2025, las Empresas Municipales de Cali intervinieron un centro comercial en el sur de la ciudad donde una sola conexión irregular abastecía a varios negocios, entre ellos una panadería y un lavadero de carros.
El agua no solo se pierde en circuitos clandestinos. También puede ser captada, controlada y explotada a gran escala. A veces, la prioridad se da al uso industrial por encima del derecho al agua potable. Una investigación publicada en 2024 por el medio Vorágine mostró cómo en La Calera una planta de Coca-Cola FEMSA extraía cerca de 280.000 litros de agua al día, mientras las comunidades vecinas sufrían racionamientos. Un caso emblemático de lo que varias organizaciones, como el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo (Cajar), llaman “acaparamiento del agua”.
Colombia ilustra un paradigma hídrico: con ríos poderosos, montañas cubiertas de páramos y una de las lluvias más abundantes del planeta, figura entre las naciones más ricas en recursos hídricos. Sin embargo, tras esta imagen de abundancia se esconde un contraste brutal: millones de colombianos aún no tienen acceso a agua potable segura. Y sus regiones más ricas en agua, como lo son el Chocó, Vichada, Vaupés y Guainía, suelen ser las más pobres.
En algunas zonas rurales del Pacífico y la Amazonía, los habitantes viven junto a ríos inmensos, pero solo tienen acceso a agua contaminada. En las ciudades, las redes mal mantenidas pierden a veces hasta la mitad del agua que transportan. La crisis del agua en Colombia no es de escasez, sino de protección, gobernanza, logística en la distribución y decisiones industriales.
Esta situación se ve ahora agravada por el cambio climático, con sequías más frecuentes e intensas, como en La Guajira, lluvias más violentas e inundaciones catastróficas en otros lugares.
Los embalses construidos para hidroeléctricas y suministro de agua potable han transformado profundamente el ciclo natural de los ríos. Su dualidad es evidente: producen energía y garantizan el acceso al agua, pero también hacen que los sistemas sean más sensibles a los extremos climáticos. Durante episodios de El Niño, la disminución de precipitaciones presiona los reservorios y acentúa las tensiones entre los distintos usos del agua —energía, consumo humano y agricultura—, revelando la fragilidad de un equilibrio que depende en gran medida de la lluvia.
Las consecuencias sanitarias de esta situación siguen siendo difíciles de medir con precisión, pero son bien reales. Según la Organización Mundial de la Salud, varias centenas de muertes al año en Colombia siguen estando vinculadas al agua insalubre, a la falta de saneamiento y a la higiene deficiente. En un país donde más del 90 % de la población tiene acceso a una fuente de agua mejorada, el desafío ya no es solo el acceso, sino la calidad y la continuidad del servicio. En otras palabras, una crisis menos visible, pero profundamente estructural.
El Dorado no se mide solo en riqueza minera o producción agrícola, sino en agua que sepamos preservar, proteger, gestionar y compartir equitativamente. El verdadero desafío no es solo tener agua, sino asegurarse de que su acceso no reproduzca las desigualdades históricas que han marcado la distribución de la tierra en Colombia.
El “oro azul” no puede convertirse en un privilegio de unos pocos. Debe ser un derecho para todos. Para eso, habría que reconciliarse de verdad con la naturaleza.
Guylaine Roujol
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