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Las muertes en toneladas

Las muertes en toneladas

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París, 4 de julio de 2026.

Francia acaba de atravesar una ola de calor excepcional. Excepcional por su intensidad y su precocidad. Desde hace años, los científicos anuncian que las olas de calor serán más frecuentes, más largas y violentas. Y así está ocurriendo.

En tres días, Santé publique France registró mas de dos mil de muertes adicionales. Este no es más que un primer indicador. Harán falta varias semanas para medir el exceso real de mortalidad. El año pasado, más de 5.700 muertes fueron atribuidas al calor entre junio y septiembre. Todo indica que este balance será superado este año.

Los animales, en cambio, no tienen derecho al mismo recuento. Los centros de rescate de fauna silvestre han sido desbordados por aves caídas de los nidos, erizos deshidratados, murciélagos incapaces de sobrevivir a temperaturas extremas. En los ríos, miles de peces murieron asfixiados por falta de oxígeno.

En los sistemas de ganadería industrial, las pérdidas se cuentan por millones. Pero lo más revelador quizá no sea “solamente” el número de muertes, sino también la forma en que hablamos de ellas. Los primeros balances no mencionaron millones de animales, sino “cientos de toneladas de cadáveres”. Una unidad de peso, de logística, de transporte.

Los animales desaparecen por segunda vez. Primero en las instalaciones de cría donde viven hacinados, expuestos al frío en invierno y a los calores extremos en verano. Luego en nuestro vocabulario. Ya no contamos seres vivos. Medimos una masa que hay que evacuar. Cuando las plantas de rendering quedaron desbordados, incluso se autorizó a las explotaciones a enterrar por sí mismas esas «toneladas». Las palabras nunca son neutrales. Este desplazamiento semántico dice algo de nuestra época. Nuestra compasión suele detenerse donde empieza la ganadería industrial.

Y mientras los termómetros batían récords, Francia entraba en la temporada de rebajas. En pocas horas, la atención se desplazó. Del calor al consumo. De las muertes a las promociones. Los parqueaderos de los centros comerciales se llenaron, los sitios de fast fashion fueron invadidos. Nos lanzamos a comprar cada vez más ropa producida al otro lado del mundo, por una de las industrias más contaminantes del planeta.

Sabemos por qué las olas de calor se vuelven más frecuentes. Sabemos que nuestro modelo de producción y consumo contribuye a ello. Sabemos que una prenda comprada por impulso, usada tres veces antes de ser olvidada, también tiene un costo climático. Y, sin embargo, seguimos.

A menudo imaginamos que las grandes civilizaciones desaparecen por el golpe de una catástrofe imprevisible. Aquí, este cambio ha sido anunciado una y otra vez. Estamos en una autopista, con el pie cada vez más pesado sobre el acelerador, mientras el muro se acerca. La estupidez consistiría en no entenderlo. Ese ya no es nuestro caso. Lo que está en juego hoy es más inquietante: una extraña capacidad de seguir exactamente en la dirección que nos conduce a las catástrofes que decimos temer.

La ola de calor ha pasado. Otras vendrán. Más largas. Más tempranas. Más intensas. Con ellas volverán los incendios, las crecidas repentinas, las tormentas destructivas, los árboles centenarios arrancados por suelos muertos que la sequía ya no retiene.

A este ritmo, Cuando el destino nos alcance (Soylent Green) — una película distópica de 1973 sobre un futuro de sobrepoblación, crisis ambiental y un secreto aterrador sobre la alimentación humana— pronto dejará de parecer una obra de ciencia ficción. Las distopías nunca fueron escritas para anunciar el futuro. Se suponía que debían darnos ganas de evitarlo.

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