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Todo Puede ser Mentira

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Catalina

La tendencia de los grandes medios de información a negar lo que en verdad sucede no es una moda, ni tampoco es una práctica nueva. Posiblemente es un síntoma crónico de la desbordada descomposición “humana”,  convertida en uno de los flagelos más perturbadores del mundo actual.

Imprimen y difunden mentiras con tanta sinvergüencería que es repugnante y preocupante su conducta antiética e inescrupulosa. La irresponsabilidad es descomunal y lo peor es que insisten y perseveran respaldando mentiras aunque esa práctica, pueda llegar a generar una catástrofe. Nada los detiene: tergiversar, esconder crímenes, tapar atracos cometidos desde el Estado, ocultar actos de corrupción, contradecir robos electorales, inventar falsas denuncias, promover golpes blandos o derrocamientos de presidentes elegidos democráticamente, nada les produce ni un sobresalto. La orden de sus jefes es contundente y los domesticados empleados del que fuera el cuarto poder, la obedecen a la perfección. Estamos en un mundo en el que sobreviven los más fuertes, o sea los poderosos e inescrupulosos, devoradores de vidas. Sucede a todo nivel y en todas partes.

No hay duda de que transitamos uno de los momentos más neurálgicos del deterioro de la humanidad. Por lo general, la realidad de lo que sucede en el mundo, se esconde y se maquilla para conducir el pensamiento de las personas negándoles su derecho a vivir verdaderamente informados. El impacto del cambio climático no llega aislado de la podredumbre interior que cada vez se hace más evidente en la “humanidad”. Por la codicia ensamblada de manera natural en los individuos nazcan donde nazcan, vivan donde vivan, se puede con dinero comprar conciencias, voluntades y es normal casi que ejemplarizante, venderle el alma no solo a un diablo. La falta de escrúpulos, dignidad y honradez humana se ha diseminado como un virus mortal. A todo nivel en las relaciones sociales, familiares o en la política y el ejercicio “periodístico”, intrigar, desacreditar, esconder, difamar, insultar, menospreciar, corromper y usar la vieja  artimaña negacionista, es una práctica segura con la que se alcanzan los resultados deseados aunque sean repugnantes, inmorales y casi siempre  ilegales. En Colombia, el crimen organizado lo permeó todo y se regó como la hiedra. Para nadie es un secreto que de forma criminal y descarada desde las instituciones estatales se ejecutan desfalcos y actos de corrupción cada vez más voraces. Con extrema violencia y alevosía se garantiza la impunidad, gracias al riguroso maquillaje y encubrimiento de los medios y a la capacidad suprema que tienen cada vez más los funcionarios públicos de quebrantar la ley sin consecuencias. 

En cada entidad financiada con los impuestos que pagan los pobres, se hacen atracos al erario sin asco y los primeros en esconder la realidad son los medios de información. La cadena de corrupción institucional respaldada por los medios tradicionales de desinformación, es total. Así fue que durante décadas se normalizaron las técnicas sucias y los vínculos con las mafias aunque conocidos, se fueron escondiendo porque “no se puede hablar de eso”. Frase bastante familiar en la opinión pública dicha por un par de “periodistas” agarrados in fraganti haciendo lo que más saben: encubrir delincuentes. 


Ocultando la verdad sobre los más atroces actos de corrupción ejecutados planificadamente por una inmensa mayoría de dirigentes políticos, los  medios de información se enfocaron en hacer sigilosamente su trabajo riguroso de engaño, mal informando y difundiendo difamaciones para mantener el control de la opinión pública. La ilusión de resucitar el cuarto poder es cada vez más imposible. La prensa oficialista que representa a las derechas en el mundo, se descaró y Colombia es líder en esa decadencia en donde la mayoria de periodistas acompañan a conciencia a los secuestradores del país en su tarea de seguir sometiendo y robando la posibilidad de una vida digna para los colombianos.

Hacer creer al pueblo lo que se busca con mentiras repetidas ha sido muy efectivo siempre. Dominar masas difundiendo falsedades a través de medios tradicionales de «información», se volvió un «plus», como si se tratara de un atributo y no de un acto bajo y criminal que debería ser castigado por las autoridades y rechazado por los mismos informadores.

En Colombia cada vez se amplía la lista de «periodistas» sin ética dispuestos a enlodarse y seguir pudriendo el oficio sin ningún escrúpulo ni contención alguna. Difamar dentro del ejercicio aparentemente periodístico, se ve como una «técnica valiosa» profesionalizada  y elevada a la categoría de herramienta eficaz. Hasta dar falsos testimonios es posible y aceptado como si se tratara de un instrumento más. Empolvar la información es mandatorio en el ejercicio cochino que se realiza. Es como usar una cámara fotográfica, un micrófono o una aplicación que permite documentar «la realidad» como mejor convenga.  Por motivos, políticos, económicos, o por ambos degradarse en lo personal y profesional, utilizando bajos mecanismos para destruir un adversario, es lo que se propaga con orgullo. No tener palabra ni ser consecuente con supuestos ideales que se profesan, es obligatorio para «sobresalir» en el escenario en el que participen.  Así, están las cosas: dime que tanto eres capaz de descomponerte que por tu codicia recibirás aplausos, likes y sobre todo dinero. Con calumnias se atacan celebridades, lideres ambientales, presidentes con ideologías progresistas principalmente y cualquier persona convertida en objetivo que mediante falsedades atribuidas se les pueda destruir y hasta asesinar físicamente, si fuera necesario. Es lo que vemos a diario, es permitido: degradar al ser humano y atribuirle vicios, defectos, conductas, crímenes y todo lo que facilite su destrucción.

En Colombia, los medios de comunicación a merced del establecimiento conformado por empresarios, adversarios políticos, mafias  y grupos económicos, se han encarnizado para desestabilizar el gobierno, sin importar que en cada embestida se pueda generar hasta una confrontación civil sin precedentes. Los colombianos tienen un presidente elegido democráticamente al que han convertido en «trompo de poner».  Todo lo que sucede y no sucede es culpa de Gustavo Petro. Generan cortinas de humo para ocultar delitos graves cometidos por funcionarios en diferentes entidades como la Fiscalía o de alcaldes y gobernadores, «elegidos» vinculados al narco. Nunca a un presidente se le había atacado de manera tan vil ni tampoco nunca se habían unido las instituciones incluidas las cortes de justicia para oponerse a un gobierno y buscar la manera de bloquear cambios estructurales y el desarrollo de un país.
Es repugnante ver a periodistas respaldando candidatos que mienten durante campañas, utilizan adoctrinamiento y prometen lo que nunca van a cumplir para lograr un objetivo claro: beneficiarse y apoyar la corrupción. Mentirle al sufragante y luego con la peor desfachatez jactarse de su hazaña, es de un grado de violencia incalculable.

Conseguir cargos de representación en congreso, alcaldías, gobernación con promesas mentirosas y siempre con la gran duda de un escrutinio pulcro, es doblemente violento.  Los negacionistas con cinismo afirman que no es cierto lo que todos ven. La prensa tradicional se encarga de avalar el engaño, reafirmando falsedades y haciendo lo que mejor saben: desinformar en beneficio de los verdaderos dueños del poder. La ciencia asegura que los individuos mienten como mecanismo de defensa para rechazar acontecimientos difíciles o realidades insoportables. Pero eso no es aplicable a la realidad. En Colombia y el mundo, vivimos sumergidos en escenarios plagados de verdades a medias y de una manipulación mediática repugnante donde todo puede ser mentira. En Colombia ni siquiera importantes y contundentes investigaciones periodísticas como las que realiza Gonzalo Guillén tienen el eco, credibilidad y respaldo que deberían tener por tratarse de trabajos periodísticos sustentados con pruebas y testimonios irrefutables. Por el contrario cuando surge un individuo de la calidad profesional y cualidades personales de Guillén, sobrevienen los ataques y la fabricación de entrampamientos para deslegitimar la veracidad de su trabajo. Queda siempre la esperanza de continuar haciendo contrapeso aportando, documentando y respaldando el verdadero oficio periodístico; lo demás es actividad de meretrices, fulanos y proxenetas. 

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